La historia de Martina

Aquella tarde Martina tocó hasta notar cómo la pegajosa humedad de la sangre, bajo las yemas de sus dedos, se mezclaba con su sudor, entorpeciendo la danza que representaban ágiles sobre las cuerdas del violín.

Bach siempre la dejaba hecha polvo, requería un enorme esfuerzo físico y mental. Soltó el arco y se dejó caer sobre la cama sin separarse del violín. Apretó un pañuelo de papel contra la frágil piel de sus yemas de la mano izquierda, las que sufrían más directamente su amor por este instrumento.

Cada noche Martina preparaba cena para dos, su padre y ella vivían solos, pero apenas hablaban, él prefería cenar viendo la televisión y ella estaba deseando quedarse sola. La madre de Martina murió en el parto, sus vidas apenas pudieron intercambiar una mirada de complicidad, darse el relevo. Su padre nunca hablaba de ello, tampoco de ella, era evidente que no había superado su muerte, y su actitud hacia Martina era de completo repudio, no mostraba el más mínimo afecto por ella.

El día que cumplió seis años, Martina ató sus bonitos rizos rubios con un lazo de raso rojo que había encontrado entre las cosas de su madre, y cantaba feliz por la casa antes de marcharse al colegio. Cuando su padre la vio se puso a gritar y, ciego de ira, le dio una bofetada, cogió las tijeras y le cortó los rizos a trasquilones. Aquella fue la primera vez.

Martina podía fechar su infelicidad, todo comenzó aquel 1 de abril, su sexto cumpleaños. Con frecuencia se preguntaba qué habría pasado si nunca se hubiera puesto el lazo rojo, probablemente cualquier otra cosa habría despertado la rabia de su padre, para él era un castigo tener que ver cada día la imagen de su difunta esposa en su hija. Ella, en consecuencia, se sentía muy desgraciada, cargaba con la culpabilidad de la muerte de su madre, a la que no sabía si debía odiar o querer.

Pero eso no fue todo lo que pasó aquel día. Su padre se marchó y Martina no fue al colegio, se quedó sola llorando, desconsolada, con los tirabuzones en la mano. Se metió en el armario de su madre y se envolvió en una bata azul que olía a ella, o al menos eso era lo que le gustaba creer. Cuando ya se le habían secado las lágrimas decidió salir de aquel lugar que tenía prohibido, como todas las demás cosas de su madre, pero algo acaparó su atención.

Allí, dejándose ver entre un pañuelo de flores lo reconoció, lo había visto antes, la profesora de música les había hecho aprenderse todos los instrumentos musicales de la orquesta. Se acercó con curiosidad y rozó las curvas de la rojiza madera con el cuidado con el que se acaricia a un bebé, intentando no despertarlo pero sin poder dejar de tocarlo fascinada por su tacto. Lo tomó con precaución entre sus brazos y lo sacó a la luz. Desde el principio sintió un vínculo especial con el violín, su madre sí había recordado su cumpleaños y le había hecho el mejor regalo de todos. Su padre no podía saberlo jamás, lo escondería como el más valioso de los tesoros.

Pasaron los años y la complicidad entre Martina y el violín era proporcional al número de palizas que recibía por parte de su padre: cada vez mayor. Día a día su talento musical se iba desarrollando sin que él pudiera advertirlo. Además, Martina, nunca había tenido muchos amigos en el colegio debido a su carácter retraído, era lo que llamaban “un bicho raro”, siempre parecía estar ausente; pero a ella no le afectaba demasiado, tampoco sentía especial simpatía por sus compañeros, su mejor amigo era de madera y le esperaba cada tarde, fiel, en casa.

Con el violín entre sus manos dejaba de ser una niña, dejaba de ser un bicho raro, de ser huérfana y tener miedo. Dejaba de ser infeliz. Con el violín entre sus manos Martina podía ser lo que quisiera, su alma flotaba con cada vibración de las cuerdas sobre el mástil, el aire que resonaba bajo la tapa de madera era su aliento y el arco sus piernas, con él escapaba veloz dejándolo todo atrás, recorriendo filas y filas de pentagramas, superando silencios y saltando sobre cada nota. Lo que sentía al tocar el violín era algo inexplicable, como una experiencia extracorporal, felicidad en estado puro.

Sin darse apenas cuenta, el violín se convirtió para Martina en más que un amigo, se había convertido en una extremidad más de su cuerpo de la que ya no podía, ni quería, deshacerse. Sentía constantemente su ausencia entre la clavícula y la mandíbula como un precipicio, las heridas de sus dedos, que le hacían olvidar las del alma, también ansiaban el contacto de las cuerdas e incluso el bombear de la sangre en su pecho le reprochaba la distancia entre ambos. Todo su cuerpo lo anhelaba, cada minuto era eterno, el violín era su droga, su chute, su raya, su calada, todo un viaje lisérgico… ¡era éxtasis! El violín le daba la fuerza diaria para mantenerse viva.

Una tarde al volver del colegio su corazón se paró durante una décima de segundo al ver brillar la madera rojiza que tanto amaba al sol, sobre el alféizar de la ventana. ¿Cómo había llegado hasta allí? se maldijo por semejante despiste, menos mal que su padre todavía no había llegado, si él lo hubiera encontrado… no podía imaginárselo. Qué bonito el jugueteo del sol en la espiral de la voluta, en la sombra de las efes dibujadas en la tapa, en las formas que se descubrían en el barniz. El brillo era casi hipnótico.

Aquella tarde Martina tocó hasta notar cómo la pegajosa humedad de la sangre, bajo las yemas de sus dedos, se mezclaba con su sudor, entorpeciendo la danza que representaban ágiles sobre las cuerdas del violín.

Algo cambió aquella tarde. Sintió cómo el violín entraba en ella, todavía más. De pronto no podía dejar de correr, había perdido el poder sobre su cuerpo, las piernas no le respondían, obedecían a otra voluntad, a un poder mayor. Sin embargo se sentía más fuerte que nunca, corría atravesando la ciudad con su violín como único equipaje, sus zancadas se sucedían inagotables, como una sinfonía que no puede detenerse, en la que la nota que está sonando ya forma parte del pasado.

Nunca volvió a saberse nada de Martina, nadie supo a dónde la llevó el violín, se escapó y nunca volvió, nadie la fue a buscar. Se hizo música y voló de su prisión.

 

Paloma M.

Cuento ganador del I CONCURSO DE CUENTOS CORTOS COMPLUTENSE LITERARIA

Anuncios

El vagabundo soñador

Esta es la historia de un hombre al que conocí hace años, cuando me enfrentaba al río cada mañana en una ineludible carrera por llegar a la escuela con esa sonrisa desdentada que solo les queda bien a quienes todavía van a primaria; y volvía, ya por la tarde, cansado, despeinado y con los zapatos llenos de barro, pensando en el disgusto, pero sobre todo en la regañina, de mi madre cuando los viera. Cuando todavía no necesitaba escribir dos números para hablar de mi edad. Hace años.

Jamás conocí su nombre ¿y qué importa eso si supe mucho más de lo que probablemente nadie supo nunca sobre su historia? Nadie reparaba en él, era un fantasma en la ciudad, adherido a los muros de las casas como el musgo, como todo aquello que por verse tanto se deja de ver. Sus posesiones una guitarra y un par de canciones.

La primera tarde que lo vi, o mejor dicho, que advertí su existencia ya que, por qué negarlo, hasta entonces cruzaba la calle imperturbable como uno más, fue cuando vi a Mauro tirarle piedras. Mauro iba en mi clase y además era mi vecino, nuestras madres eran amigas, pero a mí no me caía especialmente bien, creía correr más que yo, un completo idiota. Corrí hacia Mauro y lo tiré al suelo como había visto hacer a los héroes de las películas. Logré que se fuera a casa corriendo, creo que hasta le sangraron las rodillas. Victorioso, me acerqué al hombre del sombrero y la guitarra esperando mi propina, que fue un “obrigado, filho” y una canción.

Me hechizó. No sé si fueron sus dedos marcados por el surco de las cuerdas, deslizándose por el mástil de aquella guitarra descolorida, o la voz áspera y queda que salía de su garganta seca. Entendí que la propina le hacía más falta que a mí y saqué de mi bolsillo toda mi fortuna, la ocasión lo merecía, un escudo. Sonrió y clavó en mí sus ojos verdes, “não me oferecer dinheiro, filho, eu só coleto sorrisos que é o que realmente abriga à noite”.

Desde entonces, cada tarde al volver a casa lo saludaba sonriente y le ofrecía la manzana que nunca me tomaba a la hora del almuerzo. Podría decirse que nos hacíamos un favor mutuo, yo estaba deseando librarme de la manzana y él la esperaba como agua de mayo. A veces, lo observaba cantar a escondidas desde la ventana del salón, era un tesoro que no quería compartir con nadie. El vino le ayudaba a soportar el frío de las miradas de la gente y a seguir soñando con el cambio.

Los días pasaban y con ellos el invierno, atrás quedaban las noches húmedas de lluvia incesante, en las que mi amigo secreto se refugiaba bajo uno de los puentes que cruzan el Duero arropado por sus sueños de cartón. Yo seguía observando cada día cómo sus dedos se iban desgastando más y más, sus arrugas también se iban haciendo más pronunciadas y sus ojos de ese color verde desesperanza, se tornaban cansados; pero nada le hacía enmudecer, seguía soñando con un ver un mundo distinto “meus passos não têm destino, mas a democracia tem que ser o caminho”.

Una noche, escuché en la radio una de las canciones que tocaba mi amigo: “Grândola, Vila Morena, terra da fraternidade, o povo é quem mais ordena dentro de ti, ó cidade…” Me sobresalté entusiasmado pensando que se había hecho famoso y por fin salían sus canciones en la radio. Subí el volumen y puse el aparato sobre el alféizar de la ventana, me daba igual despertar a todo el mundo, quería que mi amigo escuchara que su canción salía por la radio. Distinguí su sombrero en la calle, y a pesar de la oscuridad de la noche, me pareció ver cómo me guiñaba un ojo, eso me colmó de felicidad. Mis padres no entendieron mi reacción pero yo no entendí la de los vecinos, en pocos minutos todos habían salido con sus radios a la ventana ¡cómo si fuera amigo de ellos el cantante!

A la mañana siguiente no fui al colegio, no había clase, pero me mandaron ir a comprar el periódico. En el quiosco encontré a mi amigo hablando con Isabel, la quiosquera, decía que empezaba una nueva vida, y que había que celebrarlo. El periódico apuntaba 25 de abril de 1974 y le pregunté si era su cumpleaños “algo semelhante”, e Isabel le regaló uno de los miles de claveles rojos que tenía en el quiosco “é a flor da temporada”.

La calle estaba llena de gente, nunca había visto tanta gente en la ciudad, bueno, tampoco había salido de la ciudad así que, nunca había visto tanta gente en ningún sitio. Un gran número de militares llenaban la calle, uno de ellos se acercó a nosotros:

– Tem un cigarro? – pero él, que apenas tenía una manzana diaria negó con la cabeza.

– Desculpe eu não tenho, mais leve isto. – y metió el clavel rojo que Isabel le había regalado en el fusil del soldado. Los tres sonreímos ante este gesto. Yo señalé el quiosco de Isabel, y el soldado se apresuró a llamar a sus compañeros. Todos salieron con las manos llenas de claveles.

Aquella mañana de revolución las calles se vistieron de rojo, pero no se derramó sangre, los soldados desfilaron con claveles rojos en los fusiles en señal de paz. La gente se agolpaba en las calles voceando con las manos alzadas y los dedos indicando victoria. La dictadura terminó en Portugal con lo que pasó a conocerse como la Revolución de los claveles, a la que yo siempre llamaré la Revolución del vagabundo soñador.

No volví a ver aquel sombrero ni aquellos ojos verdes, a veces me pregunto qué habrá sido de aquel amigo de la infancia, de aquel vagabundo soñador. La respuesta no es complicada, cada uno tiene su propia historia pero todos tenemos el mismo final. Probablemente nadie haya llorado nunca la pérdida del vagabundo soñador que puso un clavel en el fusil de un soldado.

Paloma M.

Brasil ya ha perdido el Mundial

Brasil albergará, a partir del próximo 12 de junio, la mayor fiesta del fútbol internacional y el gobierno de Dilma Rousseff se ha volcado en la preparación del gran evento televisivo del verano, a pesar de que eso haya supuesto desoír las multitudianarias protestas ciudadanas.

Está claro que el fútbol no es un deporte más en nuestra sociedad, en gran parte del mundo, el fútbol es EL deporte. Ya no solo monopoliza el ámbito deportivo dejando en un segundo plano (o directamente fuera de cámara) al resto, sino que incluso se sobrepone al bien social como está pasando en Brasil. 

Si en la propia cuna del fútbol medio país se posiciona en contra de acoger esta celebración es porque no se puede consentir la utilización de dinero público para la obtención de beneficios privados, especialmente si, como Brasil, nos encontramos en el largo camino hacia el pleno desarrollo. El gasto que está afrontando el estado brasileño, no solo para la celebración del Mundial de fútbol sino también de los Juegos Olímpicos de 2016, supone un insulto a los ciudadanos que viven en la pobreza, que el verano pasado rozaban los 30 millones. Nadie advirtió de que la solución de Rousseff en su esforzada campaña por reducir la pobreza era construir estadios de fútbol.

Protestas en Brasil. Vía foto periodista See Li.

Protestas en Brasil. Vía foto periodista See Li.

Con todo, hay quien espera con ilusión las oportunidades laborales y las mejoras que los preparativos del Mundial les aportarán. Bien, teniendo en cuenta que el turismo es parte importante en la economía del país los cálculos del gobierno preveían que este sector compensara la inversión en el evento, pero a un mes de la celebración parece que los pronósticos eran demasiado optimistas. Sí, se ha creado empleo. Empleos temporales que se desvanecerán cuando las infrastructuras estén terminadas o cuando los visitantes se vayan a mediados de julio. Además, no podemos de ninguna manera obviar las ocho vidas de trabajadores que se han cobrado las obras de la ciudad, la última hace dos días. Ni siquiera los beneficios que obtenga la FIFA de esta actividad tributarán en el propio país ya que una de las exigencias de la organización es la exención de impuestos. Está claro quien pone las reglas de juego.

Una vez más, el excesivo gasto público en un evento pasajero mientras el déficit de vivienda sigue siendo un problema estructural en Brasil, ostentosos estadios que desvían la atención de los poblados de miseria con los que cohabitan. No es nada nuevo, también Sudáfrica lo vivió en 2010, otro pueblo caracterizado por su explosión de vitalidad y alegría.

El fútbol, que debería ser algo bonito, un arte que no entiende de clases sociales ni razas, que hace soñar a los niños y despierta esa pasión por unos colores, un juego para unir culturas del mundo y una lucha contra la violencia; rompe los ideales convirtiéndose en un mero negocio. Está claro que en este planeta llamado Tierra el dinero mueve los hilos, y todos somos marionetas.

Fútbol en Copacabana. vía REUTERS / Gary Hershorn

Fútbol en Copacabana. vía REUTERS / Gary Hershorn

Cuando pase julio, y todavía más cuando pase el verano de 2016, y las vuvuzelas dejen de sonar, el pueblo brasileño sufrirá una realidad: los estadios no se comen, ni curan enfermos o educan niños.

 

Paloma M.

 

Final del camino

Me despierto sobresaltada pero sin abrir los ojos. Los párpados me pesan y lucho por levantarlos poco a poco. No veo nada. Todo está borroso y mis pupilas no son capaces de enfocar ningún objeto, es como si todo estuviera difuminado a mi alrededor y los ojos me pican, probablemente por la luz. Hay demasiada claridad en la habitación, muy lentamente voy empezando alcanzar con la vista todo lo que me rodea, todo es de un blanco cegador, las sábanas contrastan fuertemente con mi oscura piel.

Me llevo las manos a la barriga rápidamente, aunque con dificultad. No me quedan fuerzas. Palpo mi abdomen y la ausencia de vida en él me hace temblar. Mi bebé no está conmigo, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Es una sensación de vértigo, me siento tambaleando al borde de un precipicio, sin ni siquiera poder decidir qué va a ser de mi, sin saber si caeré al vacío o me quedaré en tierra.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Solo vagos recuerdos inundan mi mente. Recuerdo dos corazones latiendo en mi interior, y a mi hija Awa abrazada a mi, rodeada por mis propios brazos. Recuerdo frío, mucho frío, las mantas que teníamos parecían estar húmedas, y no teníamos comida. Pero sobre todo recuerdo incertidumbre y dolor.

Quiero salir de esta habitación pero no puedo moverme, siento que me voy a desvanecer de un momento a otro. Mis hijas, quiero tenerlas de nuevo conmigo. Es un dolor punzante el que se aloja en mi pecho, no puedo respirar. Por favor, que alguien venga a sacarme de aquí, que alguien me quite este sufrimiento que me pesa en el cuerpo. Awa, mi niña, quiero saber que está bien, quiero acariciarle la carita y tenerla entre mis manos, también a su hermana, a la que apenas pude ver, son muy pocas las esperanzas que tengo de que haya sobrevivido.

Poco recuerdo del parto, ojalá no hubiera tenido que traer a mi hija al mundo en estas condiciones inhumanas, en mitad del mar, sin nada que poder ofrecerle, ni un futuro. Me siento una malísima madre. Mis hijas son todo lo que tengo, lo que más quiero en el mundo y por ellas me fui de Senegal en busca de una vida mejor. Ahora no sé ni donde estoy y solo puedo llorar por ellas, sin saber siquiera si siguen vivas, necesito que alguien venga y me lleve con ellas. Intento moverme pero el dolor se apodera de mis extremidades y me paraliza por completo, tampoco tengo fuerzas.

Nunca me perdonaría que hubieran muerto. Ojalá hubiera muerto yo. No soporto este dolor, la cabeza me va a estallar, no sé si antes o después de que me ahogue en este llanto que me encharca el alma. El dolor es muy fuerte, cada vez más. Creo que me estoy muriendo. Voy a morir en esta habitación, empiezo a ser consciente de cómo la vida se dispone a abandonar mi cuerpo. Miro mis manos por última vez, son las de siempre, curtidas por el trabajo pero ahora están llenas de heridas. Mis ojos se cierran, lentamente, igual que se abrieron, lucho contra ellos intentando mantenerlos abiertos, pero ellos ganan. Me parece oír a Awa reír. Si mi Awa está viva yo ya puedo morir tranquila.

Paloma M.

Donde algunos vemos una valla otros ven una puerta

Hace tiempo que, por desgracia, nadie se sorprende al escuchar hablar de Melilla en televisión, nos hemos habituado a leer duros titulares como el del pasado 24 de abril en El Mundo: “Decenas de inmigrantes protagonizan un nuevo intento de entrada a Melilla”, o todavía más escalofriantes cuando se contabilizan muertes. La incorporación de las famosas concertinas (alambres de cuchillas que obstaculizan el salto a la valla) se ha solapado con el incremento del flujo migratorio en Ceuta y Melilla, convirtiéndose así en un asunto ya recurrente en nuestro panorama informativo y en el de medio mundo; y en una oportunidad letal para el otro medio.

Por otro lado, las informaciones que nos llegan sobre Melilla, sobre la valla y sobre los inmigrantes subsaharianos siempre son un tanto difusas. Podrían haber sido treinta, o podrían haber sido ochenta, y los heridos… quizá todos; las muertes directamente se omiten o pierden importancia, olvidamos que en la mayoría de estos intentos por llegar a Melilla hay víctimas mortales.

La actriz y activista verde Jill Love protesta en la valla de Melilla. Vía Europa Press.

La actriz y activista verde Jill Love protesta en la valla de Melilla. Vía Europa Press.

Todos estamos de acuerdo con que en Melilla tenemos un problema aunque no sea el mismo para todos. Pero los Derechos Humanos, por definición, sí lo son, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”, incluyen a todas las personas con el fin de garantizar una vida digna ¿he dicho dignidad?

Se nos llena la boca hablando de dignidad y dando discursos morales. Estoy segura de que acabaremos dándonos cuenta, espero que para entonces no sea demasiado tarde. No hace mucho, algo más de setenta años, el planeta sufrió la gran herida de la historia humana: el Holocausto. No quiero pecar de demagoga ni excesiva, obviamente, y menos mal, no estamos viviendo un segundo Holocausto. No hay una raza que se crea superior a otra, ni campos cercados con alambre de espino en los que a algunos se les prive de su libertad de vivir y de elegir cómo hacerlo. Hemos liberado al elefante de la pequeña jaula en la que se estaba ahogando, ahora tendrá que hacer un largo camino hasta darse de bruces con la verja: somos unos héroes.

El Roto vía El País digital.

Europa mientras tanto continúa en su línea, mira hacia otro lado, “solo el 9% de los inmigrantes de la UE entran por las fronteras hispano-africanas”. Para algunos el mundo parece estar formado por porcentajes en lugar de por personas, son aquellos que ven números donde hay caras y cuerpos. Melilla no es un problema para la Unión Europea porque no resulta significativo el número de inmigrantes que superan la valla, Italia y Grecia viven más intensamente la inmigración. Bien ¿entonces es que a la UE no le interesa la violación de los Derechos Humanos mientras tengamos una inmigración controlada? No pido el libre flujo de inmigración ilegal, solo una solución justa y digna que desgraciadamente no poseo, pero sé que no está en las cuchillas ni en la Guardia Civil.

Hemos tenido la suerte de nacer en la cara buena del mundo, pero no por nacer aquí me pertenece esta tierra que ya estaba antes de mi llegada. Seguimos teniendo la estúpida costumbre colonialista de querer poseerlo todo. Alguien dijo una vez “no se le puede poner puertas al campo”.

Paloma M.

“Mamá, quiero ser periodista”

Desde que aprendemos a hablar y a dar nuestros primeros pasos los adultos nos preguntan qué queremos ser de mayores, cuando es posible que ni ellos mismos sepan realmente lo que quieren ser. Los niños contestan sin recelo cosas como torero, princesa, futbolista, estrella del rock… Pero con el paso de los años encontrar respuesta a esa pregunta se hace cada vez más difícil, porque se espera de nosotros otro tipo de contestación.

No es verdad que yo siempre haya querido estudiar periodismo, pero cuando descubrí que “paseadora de perros” no era una profesión sí lo tuve claro. Siempre me ha gustado leer y escribir por encima de todo. Poco a poco uno se va dando cuenta de que quiere ser como aquellos a quienes admira. En mi caso “aquellos” eran periodistas, y aquí estoy ahora, sentada en esta aula de la facultad de periodismo y a seiscientos kilómetros de mi casa, pero luchando por mi sueño. Quiero saber la verdad de lo que pasa y su porqué, y que las noticias lleguen a cada una de las personas que formamos parte de este pequeño planeta.

Nunca he sido una persona decidida, además creo que está bien ser indeciso porque hace que te des cuenta de muchas cosas que otros pasan por alto, pero si ahora me preguntan qué quiero ser de mayor, creo que sabría qué contestar: periodista.

Paloma M.